A mis amigo(a)s cibernautas:
Septiembre 17, 2011
“Hermanos, no hablen mal unos de otros…” Santiago 4.11.
Parece tan elemental. No hablar mal de las personas. Nuestras madres nos enseñaron esto, cierto? De hecho, aprendimos frases graciosas al respecto. En la película “Bambi” se decía: “si no puedes decir algo bueno, no digas nada del todo”. Pero de vez en cuando, nos encontramos con alguien, conocemos a alguien o tenemos una conversación con alguien, con quien terminamos haciendo una excepción. Y luego TENEMOS que ir a contarle a alguien más sobre esta persona con la cual nos encontramos en cierto lugar. O tal vez es esa persona que se nos cruzó en su vehículo. Quienquiera que sea y lo que sea que hizo, nos hizo pensar que vale la pena contarle el evento a nuestra familia, amigos o compañeros de trabajo. Trabajè por varios años estacionando carros en dos hoteles de Las Vegas. Durante este tiempo, me encontré con todo tipo de personas. No todas esas personas encajaban en mi idea de “buena gente” o “cortès”. Muchas de esas personas manejaban por la entrada de vehículos lanzando por doquier sus malas actitudes. Y era nuestra política darle a esas personas una sonrisa de frente pero al voltear, maldecirlos. Bueno, tal vez no sucedía realmente así, pero si era fácil “hablar mal” sobre esas “personas malas”, a como creíamos conveniente. Finalmente, me di cuenta de algo durante ese tiempo. Le doy cierta consideración a mi familia y amigos que no es aplicada de igual manera a esas personas. Si mi hermano viene y me dice algo brusco o tonto, yo automáticamente le doy el beneficio de la duda y me digo, “tal vez está teniendo un mal día” o tal vez es por esto o por lo otro. No lo etiqueto automáticamente como una persona mala. Me doy cuenta de que èl es una persona con sentimientos e inseguridades, como yo. Pero cuando alguna persona maneja en la entrada de vehículos e inmediatamente me descarga su mala actitud, soy rápido en etiquetarlo como malo. A menudo justificaba mis palabras de enojo pensando que simplemente estaba diciendo la verdad, apoyándome en lo que acababa de suceder. Pero la verdad es que yo estaba juzgando y hablando mal contra ellos. Cada persona merece recibir la misma consideración que crees que solo tù mereces. Y ultimadamente, necesitamos mirar en nuestros corazones para descubrir el motivo que tenemos cuando hablamos sobre los demás. Es para beneficio de ellos? Es para traer sanidad y amor? Es para confortar a aquellos que posiblemente han sido heridos por esas personas? Necesitamos hablar vida y no muerte. Y necesitamos hablar igualmente a todas las personas. No solo a aquellos que creemos que se lo merecen.
Robert Vander Meer www.larboleda.net
Aunque no siempre sea por mala fe, aunque en muchas ocasiones sea sòlo por “soltar la lengua” sin medir las posibles consecuencias, me parece que es un hecho el que el hablar de los demás es el deporte mundial por excelencia, desde que la humanidad existe… quizá a ello se deba lo que nos dice al respecto Santiago: “el ser humano sabe domar y, en efecto, ha domado toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas; pero nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal” (Santiago 3:7-8 NVI)… Ayer o antier nos ocupamos del valor de nuestros testimonios frente al mandato de Jesús de “ser la luz del mundo” y este aspecto de nuestra personalidad, de nuestras actitudes al ser “lenguas largas”, es tan grave o más que lo que nos ocupó entonces: no puede haber liderazgo alguno que se precie de serlo si no se es merecedor de la confianza de sus seguidores y nadie confía en quien habla de más; a este respecto Salomón nos dice: “el chismoso traiciona la confianza; no te juntes con la gente que habla de más” (Proverbios 20:19 NVI)… En el medio organizacional se dice: “si quieres conservar a los presentes, no hables de los ausentes”…Pablo se los hizo ver a los Corintios: “mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán inmaduros? ¿acaso no se están comportando según criterios meramente humanos?” (1 Corintios 3:3 NVI).
“No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?” (Santiago 4:12 NVI).
Gracias Padre por este nuevo día, gracias por la luz de tu Palabra, gracias porque eres mi Pastor y en ti no me ha faltado, ni me falta nada, gracias por la vida abundante con que me has colmado durante mi vida, aunque yo no merezca ni el aire que respiro… Te pido Señor que el amor sea la divisa permanente de mi vida, no me permitas Padre un uso desenfrenado de la lengua, hazme consciente del respeto, del amor, que me merecen todos los seres humanos por el simple y muy significativo hecho de haber sido creados por ti, te lo pido en el nombre glorioso de Jesucristo, mi Señor y Salvador, amén!...
Tijuana, B. C., septiembre 17 del 2011
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