Wednesday, August 3, 2011

“MI SEÑOR”

A mis amigo(a)s cibernautas:
30 Julio 2011
Lectura: Juan 20:19-29.
"Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!" Juan 20:28

El día que Jesús resucitó, se les apareció a sus discípulos y les mostró sus manos y sus pies. Se nos dice que, en un primer momento, el gozo que tenían les impidió creer, ya que parecía demasiado maravilloso para ser cierto (Lucas 24:40-41). Tomás no estaba con ellos, pero a él también le resultó difícil creer hasta que lo vio con sus propios ojos. Cuando Jesús se le apareció y le dijo que pusiera sus dedos en los agujeros de los clavos y la mano en su costado, Tomás exclamó: «¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28). Tiempo después, cuando Pablo les habló a los filipenses sobre sus sufrimientos, también declaró que Jesús es Señor. Les dio testimonio de que había llegado al punto de considerar todas sus experiencias como pérdida «por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Filipenses 3:8). Tú y yo jamás vimos a Jesús calmando una tormenta ni resucitando a alguien de la muerte. No nos hemos sentado a sus pies en una ladera de Galilea ni lo hemos escuchado enseñar. Sin embargo, a través de los ojos de la fe, hemos sido espiritualmente sanados por medio de su muerte a nuestro favor. Por esta razón, podemos unirnos a Tomás, a Pablo y a muchísimas otras personas para reconocer a Jesús como nuestro Señor. Jesús dijo: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20:29). Cuando nosotros creemos, también podemos decirle a Él: «¡Señor mío, y Dios mío!».
Reflexión: Aunque no podamos verlo con los ojos, podemos creer con el corazón: ¡Él es Señor!
(“Nuestro Pan Diario”)

Aunque entiendo el sentido con el que el autor de nuestra reflexión de hoy lo expresa, me parece que nuestro reconocimiento a Jesús como Nuestro Señor, va mucho más allá de haber visto sus obras a “través de los ojos de la fe”, porque me atrevo a asegurar que TODOS hemos tenido la experiencia inigualable de haber sido –y de ser- testigos de las muestras de su amor en nuestras vidas… Les invito a meditar acerca de lo siguiente: ¿cuántas veces me ha librado de “tormentas” que parecían terminar con mi vida?... ¿cuántas veces ha “abierto el mar rojo” para salvarme de situaciones en las que me parecía no tener salida alguna?... ¿cuántas veces ha “multiplicado los panes y los peces” para mí y para los míos?... ¿cuántas veces me ha rescatado del “valle de sombra de muerte” al que llegué por mi insensatez, por mi pecado?... Porque en los momentos en los que nos sentimos incapaces de resolver aquello que se nos presenta, clamamos a Él, para muchas veces olvidarlo tan pronto como aquello ha quedado resuelto: aunque no nos guste la palabreja eso se llama ingratitud y dicen los que dicen que saben que cualquier delincuente puede tener disculpas menos un malagradecido…No nos envanezcamos como para creer que lo merecemos y con ello dejar de reconocer a quien nos ha socorrido: honor a quien honor merece, dice el refrán o como dicen en mi pueblo “no nos llenemos de caldo flaco” porque va a ser más dolorosa la caída… “la humildad es la verdad, pero aplicada al conocimiento de lo que somos; no nos deja creer jamás que hemos llegado a la cumbre en ningún sentido, ni cegarnos hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por adelantar la ventaja que otros nos llevan. La humildad no es apocamiento, añadimos nosotros, sino estímulo y acicate de superación” (tomado del libro “humildad y liderazgo” de Carlos Llano Cifuentes; Ediciones Ruz).

“Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo. Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes”
(1 de Pedro 5:5-7 NVI)
Gracias Padre por este nuevo día, gracias por la luz de tu Palabra, gracias por tantas y tantas maravillas que has hecho –y haces- en mi vida- mismas que nunca podré agradecerte lo suficiente… Te pido Señor no permitas en mí rasgo alguno de soberbia, haz de mí el más humilde de tus hijos, el más humilde de tus servidores, porque tú eres el Señor de mi vida, el dueño de mi vida, desde el aire que respiro, te lo pido en el nombre glorioso de Jesucristo, mi Señor y Salvador, amén!.

Tijuana, B. C., agosto 1 del 2011


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